Los Héroes - Thomas Carlyle

Este libro, el más conocido de Carlyle, es el resultado de seis conferencias que este da en 1840 frente a lo más selecto de la elite social e intelectual de el Londres victoriano.
Se han dado muchas interpretaciones a este escrito, Carlyle ha sido acusado de predecesor del fascismo, reaccionario embozado, conservador acérrimo y otras lindezas por el estilo. ¿Pero quien era realmente este caballero escoces? y ¿por que su libro ha sido motivo de tanta polémica?
Thomas Carlyle nace en Escocia, en el seno de una estricta familia calvinista. Contradiciendo a su familia que quería hacer de él predicador, se vuelve profesor de matemáticas a la par que estudia en profundidad la filosofía alemana. Convertido en un intelectual reconocido por los tres tomos que pública sobre la revolución francesa, abandona paulatinamente la influencia socialista adoptando posiciones tanto antidemocráticas como enemigas de la jerarquía nobiliaria por lo que es frecuente considerarlo un precursor del fascismo.
Esencialmente romántico, despreciaba la comercialización de la vida inglesa en el siglo XIX, el individualismo propugnado por el capitalismo y la democracia, a la que consideraba expresión de la decadencia de una sociedad que no pudiera encontrar personalidades fuertes que la dirigieran.
Su reverencia al héroe parte de considerar la historia no como procesos con reglas propias sino de caos que es formado por la acción de personalidades superiores, hombres elegidos que dan forma a las sociedades y la historia mediante su pensar y accionar.
Los seis capítulos del libro son reseñados a continuación.

En este capítulo, Carlyle empieza dando un breve introducción a su filosofía de la historia, con párrafos como el siguiente, donde su particular prosa se pone al servicio de la idea de lo heroico.
Es imposible reflexionar en este momento sobre tan importante y extenso tema con el detenimiento que merece, por ser ilimitado y tan amplio como la Historia Universal. Ésta, el relato de lo que ha hecho el hombre en el mundo, es en el fondo la Historia de los Grandes Hombres que aquí trabajaron. Fueron los jefes de los hombres; los forjadores, los moldes y, en un amplio sentido, los creadores de cuanto ha ejecutado o logrado la humanidad. Todo lo que vemos en la tierra es resultado material, realización práctica, encarnación de Pensamientos surgidos en los Grandes Hombres. El alma universal puede ser considerada su historia. Evidentemente, es una materia que supera nuestra potencia de juicio.
El primer tipo de héroe analizado es el dios pagano, el cual para el autor no es más que el recuerdo de un gran hombre, pensador y estadista que da forma a pueblos en embrión. Pone como ejemplo a los escandinavos y Odín, al cual considera algún antiguo Rey el cual por sus múltiples logros y pensamiento dejara una huella duradera en los pueblos nórdicos.
Creemos que el Hombre a quien llamamos Odín y su Dios principal era eso: un Maestro, un capitán en cuerpo y alma; un Héroe de inmensurable mérito, al que tanto admiraron que rebasaron los límites, llegando a la adoración. ¿No tenía poder para expresar el Entendimiento y otras muchas cualidades milagrosas? El rudo corazón escandinavo sentiría ilimitada gratitud. ¿No había resuelto para ellos el enigma de la Esfinge del Universo, indicándole su destino? Él fue quien enseñó cómo tenían que obrar, qué esperanzas podían abrigar. La vida era ahora explícita, era melodiosa para él; él fue el primero que dio vida a la Vida. Llamaremos a Odín origen de la Mitología escandinava, Odín, o el nombre que llevó el primer pensador escandinavo mientras fue un hombre entre los hombres. Una vez promulgada su concepción del Universo floreció en todas las inteligencias, acrecentándose incesantemente, grabándose en todos los cerebros como escrita con tinta simpática, haciéndose visible para todos. El gran acontecimiento de la época, enlazado con los demás, es la aparición del Pensador.
El héroe elevado a la categoría de dios por el pueblo al cual dio forma con sus esfuerzos y trabajos, es para Carlyle la más primitiva forma de héroe que podemos rastrear en la historia humana y es el centro de lo expuesto en el primer capítulo.

Cosa curiosa es la admiración de Carlyle por Mahoma. Conservador y racista sin ambages, la pleitesía que rinde a Mahoma como profeta y legislador es incompresible sino se ha profundizado en la idea del héroe.
Mahoma es el arquetipo históricamente comprobado, de un hombre que mediante su pensamiento, predicación, lucha y sacrificio da forma a un pueblo en estado caótico y lo convierte en una arrolladora máquina de conquista.
Carlyle hace un relato sucinto de la vida de Mahoma y como su profunda creencia en Alá, celo en extirpar idolatrías y la fe que se traslucía en cada uno de sus actos, lo llevaron a la unificación de las tribus árabes bajo un solo mando y una sola religión. Esta nueva organización les daría tal fuerza que menos de un siglo después los mahometanos conquistarían España, colocando a la cristiandad contra la pared por largos años.

Avanzando en la historia, el pensamiento humano progresa y ya no puede considerar a sus héroes dioses o profetas, estas son categorías que quedan en el pasado.
Los Grandes Hombres reciben los nombres de Héroe, Profeta, Poeta, según la época y lugar, de conformidad con las variedades observadas en ellos, de acuerdo con la esfera en que se manifestaren. Según este principio pudiéramos darles muchos más nombres. Indiquemos un hecho importante: que la diferente esfera constituye el origen de tal distinción; que el Héroe puede ser Poeta, Profeta, Rey, Sacerdote, lo que queráis, según el ambiente en que nazca. Declaro no tener noción de hombre verdaderamente grande que no pueda ser todo lo que puede ser un hombre. El Poeta capaz sólo de tomar la pluma y componer versos, nunca ejecutará un verso que valga mucho. No puede cantar al Heroico guerrero si él no es también un guerrero heroico. Imagino que en él está el Político, el Pensador, el Legislador, el Filósofo, que pudo ser todo eso, que lo es en su fondo. Por eso creo también que Mirabeau pudo haber escrito versos, tragedias, poemas, conmover los ánimos con su inflamado corazón, el fervor que en él había, las ardientes lágrimas que encerraba, si su vida y educación hubieren tendido a ello. El carácter del Grande Hombre es el fundamental; que sea grande. Napoleón tiene palabras que igualan la batalla de Austerlitz. Los Mariscales de Luis XIV son hombres de genio poético; los dichos de Turena son sagaces y geniales, como los de Samuel Johnson. En eso reside la grandeza de corazón, la vista perspicaz, sin que haya hombre que pueda prosperar sin ella en nada. Petrarca y Boccaccio pudieron ser excelentes diplomáticos, sin duda, puesto que efectuaron cosas mucho más difíciles. Burns, excelso poeta lírico, pudo ser un Mirabeau perfeccionado. Ignoramos en qué no hubiera sobresalido Shakespeare y en sumo grado.
El héroe puede asumir diferentes formas, pero siempre sera la personificación de un pueblo y el punto de convergencia de este. Alfarero de pueblos, el gran hombre da forma a la sociedad mediante su actuar, que depende del momento histórico que le toque vivir.
Tanto Dante como Shakespeare son héroes-poetas. Ambos aglutinan a su nación mediante la lengua. Le dan forma al lenguaje, lo pulen y convierten no solo en comunicación sino en motivo de identificación y orgullo para sus hablantes.
Además, dejando de lado la espiritualidad, considerándolo como posesión real, comercial, utilitaria, pensemos que Inglaterra contará dentro de poco sólo una minúscula fracción de ingleses en esta isla; en América, Nueva Holanda, en Oriente y Occidente hasta los Antípodas, habrá una extensa esfera sajona que cubrirá grandes espacios del Globo. ¿Qué será entonces lo que servirá de lazo formando una sola Nación, para que no se originen luchas y vivan en paz, en fraternales relaciones, prestándose mutua ayuda? Esto se considera el mayor problema práctico, lo que toda clase de soberanías y gobiernos tienen que llevar a cabo; ¿qué será lo que pueda lograrlo? Las Leyes del Parlamento, los Presidentes del Consejo no lo pueden. América se ha separado de nosotros; el Parlamento no pudo evitarlo. No creáis fantasía lo que vaya manifestaras, es pura realidad: Tenemos un Rey Inglés al que ni el tiempo, ni el destino, el Parlamento o combinación de Parlamentos, pueden destronar. ¿No es Shakespeare rey que brilla sobre todos nosotros, soberano coronado, como el más noble, amable, vigoroso lazo, indestructible, ciertamente más valioso desde ese punto de vista que cualquier otro medio o instrumento? Imaginémoslo como astro radiante que centellea muy alto sobre todas las Naciones de Ingleses durante un milenio. Tanto en Paramatta como en Nueva York, en todas partes, en cualquier jurisdicción, se dirán los ingleses e inglesas: Si, este Shakespeare es nuestro; nosotros lo produjimos, hablamos, pensamos debido a él; somos de su misma sangre; estamos emparentados con él. Hasta el más sesudo político puede pensar lo mismo.
Sí, ciertamente gran cosa es para una Nación tener una voz que hable por ella, producir un hombre que exprese melódicamente lo que siente su corazón. Italia, la pobre Italia, destrozada, dividida, que no figura en protocolo o tratado como unidad, la noble Italia es realmente una, porque produjo un Dante y puede dejar oír su voz. Fuerte es el Zar de todas las Rusias, con tantas bayonetas, cosacos y cañones, haciendo bastante con sostener políticamente unido ese gran trecho de Tierra, pero no tiene voz. Algo grande hay en él; pero es una muda grandeza. Le falta una voz genial para que lo escuchen todos los hombres y todas las edades. Tiene que aprender a hablar. Hasta ahora es un gran monstruo mudo. Sus cañones y sus cosacos se habrán herrumbrado hasta no ser y todavía se oirá la voz de aquel Dante. El Pueblo que tiene un Dante está unido como no puede estarlo ninguna muda Rusia. Eso es lo que teníamos que decir sobre el Héroe-Poeta.
Las lenguas identifican a los pueblos, son el lazo que las une y aglutina. El poeta que realiza esta obra es también un forjador de Naciones, un héroe.

El siguiente modelo de héroe es el Sacerdote, no necesariamente aquel ensotanado que mal dirige una comunidad de fieles, sino aquel que guía cabalmente a su grey por los caminos del espíritu, distinguiendo lo temporal de lo permanente, lo divino de lo mundano.
El sacerdote como héroe es aquel que encamina a los suyos en tiempos turbulentos y difíciles, reformando la religión -fundamento de los pueblos- para despojarla de impedimentas e idolatrías, regresando a los orígenes de la fe.
Es el Sacerdote guerrero y batallador que conduce a su pueblo, no al trabajo tranquilo y fiel como en tiempos de bonanza, sino al conflicto fiel y valeroso en tiempos de violencia, de disolución, servicio mucho más peligroso, más memorable, fuere o no más elevado. Éstos son los dos hombres que consideramos nuestros mejores Sacerdotes, ya que fueron nuestros mejores Reformadores. ¿No es el :verdadero Reformador por naturaleza el Sacerdote ante todo? Él es quien apela a la invisible justicia del Cielo contra la fuerza visible de la Tierra, sabiendo que la invisible es la única fuerte; cree en la divina verdad de las cosas, clarividente cuya vista rasga las apariencias, adorador de la divina verdad de las cosas. Es Sacerdote, porque de no serlo ante todo, no valdría como Reformador.
Los ejemplos son claros. Lutero el gran reformador, que separa a los países germanos de la corrupción de Roma fundando un culto donde los hombres sean más libres de comunicarse con su dios por medio de los actos y la fe, no los vanos ritos en que cae el papismo. Y Knox, el fundador de la iglesia escocesa. Predicador incansable, aguerrido y recio, capaz de discutir con una reina y no cejar ante hombres armados, fue el hombre clave en la aparición del puritanismo de tanta influencia en la posterior historia de Gran Bretaña.
Las religiones son la base de una sociedad. El hacer de la fe un mejor instrumento de vida, una influencia que adapte y apoye al ser humano es una tarea fundamental para el desenvolvimiento de una nación, el que hace posible esto es a su vez un héroe.

El literato es aquel que forja ideas y las lanza a la arena pública. Poder inmenso el de aquellos que con su verbo se hacen de un lugar en la mente de los ciudadanos, forjan su pensamiento y dirigen la opinión pública.
Algo he escrito sobre estos tres Héroes Literarios, expresa o incidentalmente, cosas ya conocidas por vosotros que no es preciso repetir. Esos hombres nos interesan como Profetas singulares de aquella época singular, porque virtualmente lo fueron, y el aspecto presentado por ellos y por su mundo, desde este punto de vista, debe llevarnos a reflexionar. Yo los llamo Hombres Auténticos, que fielmente e inconscientemente lucharon por ser auténticos y por situarse en la eterna verdad de las cosas. Esto con una intensidad que los distingue eminentemente de la desdichada masa artificial de sus contemporáneos, y los hace dignos de ser considerados hasta cierto punto como Verbos de la eterna verdad, como Profetas de su tiempo. Fueron lo que fueron por noble necesidad de la misma Naturaleza: hombres de magnitud tal, que no podían vivir de irrealidades, en las nebulosidades y frivolidades; la insubstancialidad cedía a sus pasos, no pisando más que tierra firme, sin descansar ni andar regularmente hasta que hallaban sólido terreno. Fueron Hijos de la Naturaleza en una época de Artificio: Hombres Originales.
Aquel que además de guiar el pensamiento, mediante su palabra incita a la acción y marca una época, ese es el héroe literato, el que con sus escritos remece y renueva una nación.

En este capítulo es donde Carlyle expone su admiración sin ambages por los grandes hombres, los líderes que se imponen a una nación y determinan los destinos de esta a su saber y entender.
Ningún daño causa la reflexión sobre cosa que nos atañe en todas las relaciones de la vida, la Lealtad y Soberanía, que son las supremas. Estimo más despreciable el error que atribuye al egoísmo equilibrio y componendas de ansiosas bellaquerías el motivo de todo y, que en resumen, cree que nada hay de divino en la sociedad de los hombres, cosa natural en un siglo incrédulo, que el error de creer en el derecho divino, en los llamados Reyes. Por eso digo: indicadme al verdadero Könning, Rey o Capaz; ése será el que tiene derecho divino sobre mi. Saber hasta cierto punto la manera de hallarlo, estando todos dispuestos a reconocer su derecho divino al señalárselo, es precisamente la panacea que busca por todas partes el mundo doliente en estos tiempos. El verdadero Rey, como guía en lo práctico, tiene algo del Pontífice, guía espiritual, de la que se desprende toda práctica. Bien se dice que el Rey es cabeza de Iglesia. Dejemos dormir tranquilamente en las estanterías la Polémica de un siglo muerto.
Carlyle toma como ejemplo al tan odiado Cromwell en quien descubre las virtudes que caracterizan a un gran hombre. Fe, constancia, sinceridad y una idea de a donde quiere llegar, nada de palabras al viento ni golpes de timón apenas cambian los vientos. Un gran hombre debe ser consecuente en sus actos y estos deben tener un objetivo, poniendo su vida al servicio de esta causa.
¡Conocer los hombres dignos de confianza!, por desgracia estamos aún lejos de ello. Sólo el sincero puede reconocer la sinceridad. Lo que precisamos no es únicamente el héroe, sino un mundo apropiado para él, mundo no poblado de Ayudas de Cámara, porque entonces el Héroe surgirá en vano. Si, está lejos de nosotros, pero debe llegar; a Dios gracias se le ve avanzar. ¿Con qué contamos hasta que llegue? Con Urnas electorales, votos, Revoluciones francesas; pero, para ser Ayudas de Cámara, que no reconocen al Héroe cuando lo ven, ¿de qué nos sirve todo eso? Surge el heroico Cromwell; pasa siglo y medio sin que le concedamos un solo voto. El mundo hipócrita e incrédulo es propiedad natural de la Superchería, del Padre de los charlatanes y las ficciones. Lo único posible es la miseria, la confusión, la mentira. Las urnas electorales alteran la figura del charlatán, mas su sustancia es la misma. El Mundo de estúpidos Lacayos tiene que ser gobernado por el Héroe Fingido, por el Rey que sólo tiene de rey sus galas. Ése es su mundo; él es su rey. En resumen, o aprendemos a conocer al Héroe, al verdadero Gobernante y Caudillo cuando le tenemos ante los ojos, o continuarán gobernándonos los que nada tienen de héroes, aunque pongamos urnas electorales en cada esquina, porque nada remedian.
Llega el momento preciso, la nación se remece, hay que darle rumbo a un pueblo desorientado, reformular las instituciones, imprimir actividad y vigor a un pueblo que desfallece. Lega el hombre providencial que con su presencia, virtudes, arrojo e ideales da nueva vida a la nación y la encarrila al futuro. Este es el último y más grande héroe para Carlyle, el conductor de pueblos.
A lo largo de este breve resumen hemos visto la idea central de Carlyle, el héroe como forjador de pueblos y autor de la historia. Esta es una posición que vista en su contexto no deja de tener algún sentido. En las primeras décadas del siglo XIX el idealismo alemán llega a su más alto punto con Hegel. La filosofía de la historia hegeliana postula procesos independientes en gran medida de la voluntad humana, la persona como parte de una dialéctica que se desarrolla por si misma sin que las fuerzas de los hombres puedan hacer algo más que entenderla a posteriori.
Mal entendido es visto como determinismo y ante esto una personalidad romántica como Carlyle se rebela y postula una teoría radicalmente opuesta, hombres superiores como forjadores de la historia. Héroes fundadores, profetas y caudillos son motores de la historia y la estirpe humana es el campo de acción de estos predestinados a la gloria.
Juzguen ustedes mismos, acá les dejo Los Heroes.

2 Comments
1. lauvmg replies at 5th January 2008, 11:48 am :
asu o_O qué post tan largo, me da flojera leer :-/
2. Gaby replies at 9th May 2008, 11:22 pm :
Muy buenos sus comentarios, en relacion a Carlyle. Gracias por escribir.
Leave a comment