La Democracia en América — Alexis de Tocqueville
En los pueblos democráticos, los individuos no son muy poderosos, pero el Estado, que los representa a todos y a todos tiene en su mano, es muy fuerte. En ninguna parte parecen tan pequeños los ciudadanos como en un nación democrática.
A fin de cuentas, no creo que haya más egoísmo entre nosotros que en América; la única diferencia es que hay allí un egoísmo cultivado, y aquí no. Todo americano sacrifica una parte de sus intereses particulares para salvar el resto. Nosotros queremos conservarlo todo, y con frecuencia todo se nos escapa.
En los pueblos democráticos, donde no hay riquezas hereditarias, todo el mundo o trabaja para vivir, o ha trabajado, o es hijo de gentes que han trabajado. La idea del trabajo como condición necesaria, natural y honrada de la humanidad, está por tanto siempre presente al espíritu humano.
Bajo el despotismo, los pueblos se abandonan de vez en cuando a los excesos de una alegría loca, pero en general son tristes y reconcentrados, porque tienen miedo.
En los Estados Unidos, en cuanto un ciudadano tiene ciertos conocimientos y algunos recursos, trata de enriquecerse con el comercio y la industria, o bien compra un terreno sin roturar y se hace pionero. Sólo pide al Estado que no interrumpa su trabajo y que le permita recoger su fruto.
No sólo los ciudadanos de las democracias no desean naturalmente las revoluciones, sino que las temen. No hay revolución que no amenace, en mayor o menor grado, la propiedad adquirida. La mayoría de los habitantes de un país democrático son propietarios; y no sólo tienen propiedades, sino que su estado es precisamente aquel en que los hombres dan más valor a su propiedad.
El Estado recibe e incluso a menudo toma al niño de brazos de la madre para confiarlo a sus agentes; es él quien inspira a cada generación sus sentimientos e ideas. En los estudios, como en todo, reina la uniformidad; la diversidad, como la libertad, va desapareciendo continuamente.
Quisieran ser libres para poder ser iguales, y a medida que la igualdad se iba estableciendo con ayuda de la libertad, la libertad se les hacía más difícil.
Fijar al poder social límites extensos pero visibles y permanentes; otorgar a los particulares ciertos derechos y garantizarles el indiscutible disfrute de los mismos; conservar para el individuo la poca independencia, fuerza y originalidad que aún le quedan; levantarle ante la sociedad y sostenerle frente a ella; he aquí lo que en mi opinión debe constituir el principal objetivo del legislador de nuestra época.
Alexis de Tocqueville

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